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Cine y Literatura
Cómo ser Truman Capote
24 de Enero, 2006, 0:01
El actor, que acaba de llevarse el Globo de Oro y es uno de los favoritos para el Oscar, habla de su carrera, de su capacidad de perderse en los personajes y de los verdaderos peligros de la fama
NUEVA YORK.– Ver cómo el actor Philip Seymour Hoffman –de enorme cabeza, figura corpulenta, voz grave y estentórea– logra encarnar al escritor Truman Capote –de rostro pequeño, frágil cuerpo, extraña voz de bebe– en la película “Capote” es suficiente para darnos ganas de arrojarle cuanto premio a la interpretación exista, y quizás un par de medallas olímpicas también.
Y su actuación va más allá de la mera imitación. Con despiadada exactitud, Hoffman deja al descubierto el lado oscuro de la empatía de la que es capaz su personaje, al mostrar cómo el escritor usa su relación con el asesino Perry Smith (interpretado por Clifton Collins Jr.) para mejorar su libro, “A sangre fría”. El público se queda con un punzante retrato del artista como vampiro, compelido a alimentarse incluso a fuerza de sentirse asqueado por su propia naturaleza.
Para un actor que no suele guardarse nada en cámara, Hoffman, de 38 años, es llamativamente tranquilo en persona. Sentado en un sillón de la casa de Manhattan que comparte con su novia y su pequeño hijo no hace gala de su voz penetrante ni de ninguna demostración de virtuosismo. Nada hace pensar que se está frente a un actor.
Las personas que han trabajado con él suelen señalar dos cosas: a) que es una de las personas más agradables y humildes del mundo del espectáculo, y b) que durante los rodajes puede llegar a ser intratable.
"No estoy en desacuerdo", dice Hoffman con ecuanimidad, con el más mínimo desagrado frente al prospecto de ser retratado como una persona difícil. "Hay algunos trabajos, en ciertos ambientes, en los que no estoy tan asustado. Así que entonces soy quien soy: un tipo bastante decente. Pero si tengo que esforzarme, si siento que estoy fracasando, soy muy duro conmigo mismo. Cuando uno está frente a una cámara, frente a un público, está en una posición muy vulnerable. Puede volverse difícil. No soy demandante, sin embargo: no soy ese tipo de actores que se rehúsa a abandonar el camarín. Soy el tipo de persona que empieza a insultarse a sí mismo a los gritos. En esos momentos, no me siento con ganas de acercarme a charlar, o siquiera mirar a los ojos a otra persona. Lo único en que pienso es cómo lograr volverme invisible", dice.
Es raro escuchar a un actor que se queje del hecho de que la gente lo mira, pero hay algo profundamente privado y obsesivo acerca de los personajes que Hoffman decide interpretar. La primera vez en que logró arrastrarse hasta ocupar un lugar de importancia en la mente de críticos y espectadores fue en "Felicidad", la tragicomedia pedofílica de Todd Solondz. Hoffman no interpretaba al pedófilo: era el voyeur obeso que gemía al otro lado del teléfono a su atractiva vecina (Lara Flynn Boyle), abusando de sí mismo mientras le decía todas las cosas malas que quería hacerle a ella.
No todos sus papeles han hecho incomodar al público de la misma manera, pero desde entonces, Hoffman ha conquistado varios seres extraños: el cantante de cabaret transexual de "Nadie es perfecto"; el destrozado esposo de una suicida en "Con amor, Liza"; un predicador emocionalmente devastado en "Retorno a Cold Mountain", y un ex niño actor degenerado (y muy gracioso) en "Mi novia Polly".
Su personaje de alcohólico Jamie Tyrone en "Largo viaje del día hacia la noche", en Broadway, junto a Vanessa Redgrave y Brian Dennehy, parecía relativamente apocado hasta su gran escena -la confesión de sus malas intenciones para con su hermano menor, interpretado por Robert Sean Leonard, que crecía hasta convertirse en un momento de intensidad insoportable. Luego de seis meses interpretando a una de las almas más atormentadas de Eugene O´Neill, Capote debe haber sonado como un descanso.
Hacer las cosas bien
Tomando en cuenta su aspecto físico (pues el actor se queja de su facilidad para ganar peso) y la frecuencia con la que interpreta a personajes que no están en el mejor estado, es sorprendente enterarse de que Hoffman era un verdadero atleta cuando cursaba la secundaria cerca de Rochester, Nueva York. Jugaba al béisbol y más tarde incursionó en la lucha grecorromana. Sólo comenzó a actuar cuando una lesión en la rodilla le impidió seguir participando en la competencia.
Además de estudiar teatro en la Universidad de Nueva York, Hoffman tomó clases en la prestigiosa agrupación Circle in the Square, donde reconoce la influencia de dos profesores con aproximaciones opuestas a la actuación: uno orientado a la acción ("apostarlo todo: vida o muerte", dice); el otro, más clásico e internalizado, cercano al Método. "Me pareció que uno sin el otro significaban actuar mal. Juntos, me daban una posibilidad de hacer las cosas bien."
El primer papel destacable de Hoffman fue en el film "Perfume de mujer", en el que interpretaba al insoportable compañero de colegio del protagonista, Chris O´Donnell. Cuando recuerda sus primeras actuaciones, considera que les faltaba tanto filo como precisión. En 1996, logró una vívida composición como un testarudo apostador en el debut de Paul Thomas Anderson en la dirección, "Vivir del azar", el comienzo de una muy cercana amistad con el cineasta, que lo convocó a participar de todos sus films hasta el momento. Entre ellos, sobresale su actuación en "Juegos de placer", donde interpretaba a un dulce pero grotesco enamorado de la estrella del porno que interpretaba Mark Wahlberg. Fue un verdadero hito en su particular forma de entender el proceso actoral: cómo entrar por completo en la mente de un personaje y mantenerse en ella tanto frente como fuera de cámara. "Al final de cuentas, debemos conseguir una comprensión lo suficientemente profunda de cómo funciona el personaje que uno interpreta para dar un paso adelante y abrir la boca."
Hofmann dice algo que no es muy frecuente escuchar de boca de un actor: que se peleó con Bennet Miller, el director de "Capote" (film que el actor también coprodujo) para hacer a su personaje menos agradable. "Es muy fácil volver a montar esa película y mostrarlo en una forma más favorable, pero creo que la única manera en que el público se sienta más identificado con él es ser lo más duros posibles con Capote. Creo que la gente entiende instintivamente cuán falible es y que cuanto más benigno es el retrato que se pinta de alguien, menos sincero se está siendo."
Hoffman trata de no pensar mucho en la carrera por los Oscar [N. de la T.: para el que es el favorito luego de alzarse con el Globo de Oro al mejor actor dramático], que puede terminar convirtiéndose en un duelo entre dos personajes gay muy diferentes: el dandy locuaz y acicalado que interpreta el actor contra el duro y taciturno vaquero que interpreta Heath Ledger en "Secreto en la montaña". Mientras tanto, el actor se toma un descanso luego de completar un papel bastante más atlético de los que está acostumbrado: el villano de la inminente "Misión: imposible 3", película que filmó junto a su compañero en "Magnolia", Tom Cruise, una excepción con muy buen sueldo de su dieta habitual de autoexigencia extrema. "No es fácil vivir en esos sentimientos y esos pensamientos. Es una forma de trabajar que entrega días terribles en los que sos difícil de soportar y también días muy, pero muy hermosos, gracias a la intimidad que uno logra con su director y con los otros actores con los que estás trabajando. Puede ser de lo mejor que te ha pasado en la vida", explica.
También puede ser lo mejor que le ha pasado en su arte, si uno logra soportar que lo miren.
Por David Edelstein De The New York Times
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El Código Da Vinci, la película
15 de Enero, 2006, 13:43
El polémico best seller de Dan Brown llega al cine de la mano del director Ron Howard. Protagonizada por Tom Hanks y Audrey Tautou,la película,que se estrenará en mayo, logró lo que nunca antes: filmar dentro del Museo del Louvre. Aquí, toda la intimidad del rodaje que se postula como el más esperado del año.

Si algo no podía sucederle a ella era la indiferencia. Pero Hollywood, esa máquina de fantasías posibles y de las otras, fue capaz de hacerlo y, durante una semana, la tabla de álamo de 77 por 53 centímetros sobre la que Leonardo Da Vinci hizo que Mona Lisa reposara en gesto placentero, mano sobre mano, desde 1506, fue casi de utilería.
Ocurrió en esas noches de julio de 2005 durante las cuales un equipo de filmación copó el Museo del Louvre –algo inédito en sus 211 años de vida– para camuflarlo en escenografía de película.
“Odio decir esto, pero la mayoría de las tomas se realizaron en la Gran Galería del Louvre. Como la obra maestra de Da Vinci se aloja en una pequeña habitación de al lado y no teníamos autorización para filmarla, el equipo técnico decidió utilizar esa sala como depósito”, blanquea el director de El código Da Vinci, Ron Howard, embarcado en la ambiciosa misión de llevar al celuloide la polémica novela del estadounidense Dan Brown que ya leyeron 25 millones de personas en todo el mundo.
Ungido para interpretar a Robert Langdon, el profesor de simbología religiosa de Harvad que protagoniza la historia, Tom Hanks aún no sale de su asombro: “Mirabas un rincón y veías el lugar repleto de cosas que se utilizan para hacer películas: cajas, herramientas, pies de cámara, accesorios … y la Mona Lisa..”
A pesar de que el cuadro que jamás nadie se atrevió a valuar –nunca fue tasado– es central en la primera parte de la trama, El código Da Vinci, que se estrenará el 18 de mayo, acudió a una réplica, con perdón de los presentes.
“No podíamos escribir mensajes para decodificar sobre la Mona Lisa auténtica –aclara el director para desterrar cualquier atisbo de desilusión en la platea–. Por cuestiones de seguridad y de preservación, tuvimos que ser muy precisos en cada toma.” Nadie dijo ni mu .No hubo lugar a quejas después de los tres meses que les llevó a Howard y al productor Brian Grazer que las puertas del Louvre se abrieran para encender las cámaras.
Westminster dijo que no
Menos amable que el museo francés, la Abadía de Westminster –otro de los escenarios para rodar El código Da Vinci–, se negó a convertirse en set de filmación, tal vez por la poca simpatía que despertó la novela. Sobre todo en aquellos pasajes, por más ficción que le atribuyan, que aseguran que Cristo estuvo casado con María Magdalena, que tuvo una hija cuya estirpe ha sobrevivido en Europa y que la Iglesia Católica se ha dedicado a cubrir esa verdad durante dos mil años.
¿Intentará suavizar algún aspecto polémico la película de Ron Howard? “Sería ridículo haber elegido este tema y evitar sus costados más ásperos –dice el director–. Hicimos esta película porque nos gustó el libro tal cual es”. Esta vez, sin embargo, lo mejor de los recursos especiales de Hollywood debió quedar en el olvido. Nada de sangre en el piso, para empezar. “Figuraba en el guión y no lo pudimos hacer –lamenta Howard–. Tampoco podíamos descolgar cuadros y, obviamente, no estábamos autorizados a iluminar directamente ciertas pinturas. Fue difícil filmar en algunos momentos.”
En una temporada de cine 2006 que se perfila de alta competición -Superman vuelve a la pantalla grande y ya se han anunciado terceros capítulos de las sagas de Hombres de negro y Misión Imposible-, se pagaron 6 millones de dólares por los derechos de la novela más otros 125 millones que Columbia Pictures desembolsó para rodar la película sobre un profesor de simbología de Harvard que queda atrapado en un misterioso asesinato de proporciones bíbilicas. Algo que la revista estadounidense Newsweek definió como “una combinación de thriller, manifiesto religioso y conferencia de arte histórico”.
“Sabíamos que el libro era polémico y nos preparamos para eso”, explican Howard y Grazer, que trabajaron juntos en doce películas –en 2001 ganaron el Oscar por Una mente brillante– y fundaron en 1985 la productora Imagine Films Entertainment.
Tour por el museo
Las noches de filmación, el trailer de Tom Hanks dormía estacionado fuera del Louvre, lo que lo obligaba a atravesar silenciosas galerías para llegar al set. “Era una caminata genial al trabajo –bromea el actor–. Era pasar delante de La coronación de la emperatriz Josefina, Leonidas en las Termópilas… una obra de arte detrás de otra.”
Hanks, que para su personaje de Langdon tuvo que dejarse crecer el pelo, confiesa su primer encuentro con un secador de cabello. “Es la primera vez en la vida que debo usar uno”, ríe. Y aunque gracias a un estómago resfriado cercano al director se supo que hubo tres actrices ganadoras de Oscars que se autocandidatearon para el rol de la heroína, el traje de Sophie Neveu llegó planchadito e intacto hasta la puerta de Audrey Tautou, la francesita de 27 años que aún le cuesta lograr que la vean diferente del personaje de Amelie que interpretó en 2001.
Para Howard, la única consigna propuesta para el casting era respetar la nacionalidad de los personajes. Nada de acentos fingidos, esta vez. Viajó a París para buscar a la protagonista femenina de El código Da Vinci y Tautou no figuraba en la lista. La chica le resultaba demasiado dulce, como la había visto en Amelie. “Yo pensé exactamente lo mismo –dice Audrey–. Pensé: ‘Soy muy jóven, muy dulce’. Tenía claro que no soy lo suficientemente convencional. No soy alta ni bonita”.
Pero el director de El código..., mientras tanto, se hizo de un par de videos de la chica en roles más ásperos y se decidió por ella. “Me parece genial que Ron haya tenido en cuenta a alguien que no es famoso en Estados Unidos –dice la actriz que se impuso a otras treinta candidatas que pasaron por el casting–. Alguien que no está en las tapas de las revistas.”
Sin códigos
Desde su publicación, en 2003, El código Da Vinci se convirtió en la gallina de los huevos de oro. Montó una industria global que generó desde documentales críticos hasta tours organizados por los escenarios de la novela. Ha sido condenada, sin embargo, por el Vaticano: considera que el texto disemina falsedades sobre la Iglesia Católica Romana. Tampoco fue aplaudida por un sector de la crítica literaria, que la acusa de difundir una escritura pobre y deslucida.
La Liga Católica, también sensibilizada por el modo en el que la novela retrata a Cristo, hizo llegar una carta a la productora, pidiendo que a la película se adjuntara un desagravio. “Dicen que es pura ficción pero eso no soluciona nada –se queja William Donahue, presidente de la Liga–. Con ese criterio, se puede decir que Cristo tenía tres cabezas.”
El Opus Dei no fue menos. Algo apaleado en la novela de Dan Brown –el asesinato en el Louvre es cometido por un monje del Opus–, el vocero del movimiento religioso, Brian Finnerty, aseguró que, antes de que comenzara la filmación, había pedido que la película no mencionara el nombre del Opus Dei, pero que nadie le había dado una respuesta.
“Se habla del Opus Dei en el libro y no es nuestra intención silenciar ningún aspecto que figura en la historia”, retruca Howard, que parece más concentrado en complacer a quienes han disfrutado con la novela que a aquellos que preferirían silenciarla.
Buscando inspiración para convertir en menos de 180 minutos lo que El código Da Vinci de tinta y papel desarrolla en 20 horas, Howard repasó clásicos thrillers con elementos espirituales como El exorcista y El bebé de Rosmary y películas donde la acción surge de las conversaciones como ocurre en Todos los hombres del presidente.
“El novelista suele ser el público más escéptico respecto de la adaptación. Pero creo que la gente que vaya al cine va a salir con la idea de que vio la novela”, fue lo único que dijo Dan Brown en un intento, quizá, de conquistar a los 6.475 millones de humanos que habitan el planeta y aún no hay leído su libro.
Por Mariana Artusa para Revista Viva del Diario Clarín (15/01/06)
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